Tomado de la liturgia de las horas martes semana XXVIII ordinario
A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.
Por tanto, al decir santificado sea tu nombre nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente, redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios.
Y
cuando añadimos venga tu reino, lo
que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y
de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente,
lo queramos o no.
Cuando
decimos: Hágase tu voluntad en la tierra
como en el cielo pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia,
para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo.
Cuando
decimos: Danos hoy nuestro pan de cada
día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al
pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos,
incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida
temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna.
Cuando
decimos: Perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos
hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos.
Cuando
decimos: No nos dejes caer en tentación nos
exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga
la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción.
Cuando
decimos: Y líbranos del mal
recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será
posible que nos sobrevenga mal alguno.
Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.
Porque
todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración para
excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir,
bien sea en la misma oración para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa
que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de
modo conveniente.
Y
quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica,
si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera
carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración,
pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar
con una oración espiritual.
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